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El Cairo de mis amores

Caminando sin prisa llegué al Cairo de mis amores. Enamorarse no siempre tiene que ver con el amar a una persona, algunas veces nos enamoramos de una cosa, una idea, de una ciudad o de un país.

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Mi amor por Egipto viene de lejos, desde niña soñaba con visitar las pirámides, los templos  y los restos de esa misteriosa civilización que  muchos años antes de Cristo se instaló en esta  franja de tierra  negra rodeada de arena  al norte del Africa. Civilización por lo demás fascinante y emblemática de un pasado todavía inexplorado y tergiversado por la religión y la historia.

 

Pero enamorarse de una ciudad como El Cairo puede sonar extraño para el que la conoce. Una mega ciudad habitada por 22 millones de personas, de mayoría islámica, llena de contaminación, basura en las calles, trafico enloquecido, que alterna la cultura árabe junto a los milenarios monumentos.

 

Una ciudad que muestra en el presente coches lujosos, con carretas de mulas, rebaños  de cordero, vacas, camellos, puestos de frutas coloridas ordenadas simétricamente, hombres con turbante y túnica, mujeres tapadas de negro con niños de la mano.

 

Una ciudad con un encanto demasiado particular que la hace especialmente querida en mi corazón.

 

Durante cuatro años seguido estuve llevando grupos a Egipto a develar los misterios de los trece Portales de Luz, en un viaje diseñado para elevar nuestra frecuencia energética. Febrero del 2011 nos sorprendió con un cambio que ya flotaba en el ambiente, una Revolución. 

 

Seguí con interés los acontecimientos por los medios hasta las finalmente celebradas elecciones  que consolido la libertad democrática suspendida por los 31 años del  régimen del presidente Mubarak.

 

Este hecho hizo que durante este año se hiciera imposible viajar a este país y que tuviera que posponer mi visita  hasta ahora. Me preguntaba  todo este tiempo como sería estar en este Egipto democrático, de nuevas libertades.

 

Con el entusiasmo que caracteriza a las personas que viajan conmigo a Egipto, que por lo general lo hacen por un llamado especial, llegamos finalmente al Aeropuerto del Cairo después de un largo viaje desde Caracas pasando por Roma.

 

Al llegar lo primero que hice fue preguntar a nuestro joven operados turístico sobre los cambios, su respuesta entusiasta no se hizo esperar, comentando con orgullo la valentía de 10 mil jóvenes asesinados, de  otros miles que perdieron un ojo y otros muchos que quedaron ciegos a partir de la batalla contra la policía librada en la emblemática plaza de la libertad llamada Tahiri.

 

Puedo decir que en Egipto se respira  algo fresco, el comienzo de una nueva era política que se logro a partir de la  perseverancia y  el sacrificio de muchos jóvenes estudiantes. Se siente el entusiasmo, la libertad  y la certeza de que ahora en adelante sucederán cambios que favorezcan a la mayoría.

 

Un nuevo atractivo turístico se suma ahora, en nuestra primera salida pudimos observar el edificio quemado del antiguo partido de gobierno que estuvo encendido creando una columna de humo por días hasta que colapsó, que se encuentra nada mas y nada menos que al lado del famoso Museo del Cairo, del otro  lado del mismo vimos aleteando al viento las banderas que todavía se encuentran en la plaza, que recuerdan la memoria de los caídos en la calle y la plaza donde se desarrollaron los acontecimientos.

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Estamos en un país en transición donde las antiguas estructuras han sido destruidas y donde después de año y medio sin turistas, parte importantísima de la economía egipcia, hace que se note el deterioro de algunas cosas, la ausencia de la policía turística y la desaparición de pequeños negocios que servían exclusivamente a los visitantes.

 

Sin embargo, los egipcios se encuentran felices por el cambio y a comienzan a recibir ahora, después de las elecciones, sus primeros grupos de extranjeros, entre ellos nosotros, que gracias a esto hemos podido disfrutar de visitas exclusivas a los templos y museos, donde antes las masas nos agobiaban.

 

Un Egipto nuevo pero con la tradicional amabilidad hacia el visitante, con la misma simpatía que caracteriza a sus habitantes, donde la amistad no se hace extrañar.

 

Me pregunto si  es que  los humanos tenemos que llegar a extremos de cansancio y  rabia para hacer los cambios colectivos necesarios.  Me pregunto si no se pueden hacer esos cambios en consciencia, amorosamente sin muerte, sin guerra, mi corazón dice que sí, la historia lo contrario.

 

 Abjini Arráiz

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