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Caminando sin prisa

Caminando sin Prisa (con Juana la avanzadora y el Cacique Maturin) estuve en la ciudad de Maturín , compartiendo un taller de Sanación Ancestral llamado Aburu. Una experiencia enriquecedora para todos los que asistimos.

No fue fácil llegar desde Caracas a esta ciudad del oriente del país debido a las vacaciones escolares, con alguna dificultad conseguí un cupo en un avión,  atestado de familias con niños, viajando a visitar parientes o descansar en el interior. Autobuses llenos, aviones sin un asiento libre, niños de la mano, en brazos, corriendo.

Pero cuando las cosas han sido dadas y no generamos resistencia, el Gran Espíritu se encarga de llevarte a donde tienes que ir.

Y así había sido planificado en sentimiento y pensamiento este compartir con la familia de Maturín, familia por lo demás muy querida.

Aburu   es un Taller de sanación  de la energía sexual, de hacerla consciente,  de hacer un reseteo de esa parte tan importante de nuestra vida.

Lo llame así por lo que aprendí del Mamo Kasukako uno de los Mamos de la Sierra Nevada, quien ha sido mi maestro de magia verde, como yo  llamo la conexión con la tierra, el amor a la naturaleza.

El nos explico que esa palabra significa en Arhuako: señal, marca, aviso,  que sirve para  establecer un vínculo mágico con la Madre Tierra Gaia, unirse simbólicamente a Sénekun, como ellos llaman a la capa oscura fértil que la cubre.

Al llegar a Maturín me recibieron cálidamente  la gente que me había invitado a visitarlos, Carmen, César, Elena, a quienes les agradezco de corazón haberme dado la oportunidad de compartir con un nutrido grupo de personas, muchas mujeres y tres hombres.

Esta ciudad fue construida sobre un estero, es decir sobre los llanos de Monagas. Para los que no conocen los llanos estos son grandes extensiones planas que se inundan en el invierno y atraen grandes cantidades de especies animales, donde se destacan los pájaros, especialmente las garzas.

Se dio la oportunidad de hacer el taller en una casa en construcción frente a un inmenso campo de golf inundado, gracias a las fuertes lluvias instantáneas que se alternan con intenso Sol, patrón que ha persistido durante todo el año  rompiendo con el clima usual de esta zona.

Cuando hago talleres  en espacios no habitados o salones especiales para talleres,  me es mucho mas fácil armonizar la energía para el encuentro. Estos son espacios neutros, en gris que aceptan cualquier programación que le pongan, en este caso la de un taller de sanación donde invoco la ayuda de muchos maestros.

Este lugar me gusto especialmente por la vista, una ventana natural al llano convertido en campo de golf, afortunadamente preservado, con varios abuelitos arboles enfrente, entre ellos  una  ceiba imponente.

Nos acompaño también en el paisaje, la muda presencia de  alcaravanes  aterrizados en el césped, distanciados entre si a  una distancia matemática, escarbando con sus largos picos en busca de alimento.

En estos días estoy en la practica de la no prisa, la no resistencia, debo confesarles que me ha resultado excelente. Así que comenzamos el taller cuando todo se puso en su lugar, cuando todos habían llegado, sin mirar el reloj, sin presiones.

En esta ciudad todavía se circula por las calles sin trafico, sin atascos, todavía se puede llegar en cinco minutos a cualquier lugar. Sus habitantes también están mas relajados que los de la frenética Caracas.

El taller comienza con una limpieza energética con el humo del palo santo, la madera sagrada del amazonas vamos sahumeriando persona por persona, dejando el polvo del camino atrás, tambor en mano invocamos al Gran Espíritu, a la Madre Tierra Gaia. Nos sentamos en circulo en el piso, para hacer conexión con nuestras raíces, cada quien se presenta.

Les digo que el  Aburu es además  un hilo de algodón que se amarra en ambas muñecas después de que se hace un pagamento a la tierra, un reconocimiento de que has tomado la decisión de agradecer a la tierra, un recordatorio, un vinculo asociado a un hecho, una decisión consciente.

Para mi Aburu  es también una palabra mágica, un especie de Hoponopono indígena que sirve para hacer un reseteo, borrar alguna obsesión mental, soltar un apego emocional, dejar un programa que ya no nos sirve. Al decir  mentalmente la palabra Aburu nuestro cerebro lo registra como si pulsáramos la tecla “delete” para borrar y empezar de nuevo.

El taller fluye divinamente, hay respeto, amor, nos sanamos, cantamos, danzamos, meditamos juntos. En los intermedios comemos y compartimos, la gente generosamente ha llevado mucha comida, me gusta que haya abundancia.

Hablamos sobre lo femenino y lo masculino. Una de las participantes comenta sobre  estos dos aspectos en la ciudad de Maturin.

Juana la avanzadora y el Cacique Maturín

Juana la avanzadora fue una mujer nacida de la mezcla de una esclava africana y un  General  patriota, blanco criollo.

Ella organizo un grupo que se hacia llamar el Batallón de mujeres y a la cual se le atribuye el triunfo de una batalla crucial para la independencia  del país en el año de 1813.

Mas allá de lo anecdótico ella representa el símbolo de la mezcla racial de Venezuela y de alguna manera la impronta que modela a la mujer venezolana.

Una heroína solitaria, hechada p’alante, una guerrera.

Reflexionamos sobre como esto influye en estas mujeres de Maturín, descubrimos que casi todas son mujeres solas, guerreras, que crían a sus hijos independientes, sin pareja.

Esta imagen arquetipal se parece mucho a la de nuestras abuelas, a nuestras madres y aún mas a las mujeres que actualmente habitamos este país.

Les propongo que hagamos una sanación del arquetipo, de la espiral genética que lleva hasta Juana la avanzadora,  la reconocemos, le agradecemos su coraje, la liberamos de su rol,  le decimos:  Juana ya puedes irte a descansar.

Sale a relucir también cacique Maturin del cual toma su nombre la ciudad, un jefe indígena que dirigió por un tiempo la guerra de los Caribes por el territorio indígena a la llegada de los españoles. Es representado en una estatua como un hombre macizo de brazos cruzados y rostro contraído.

Un indígena  frustrado que no pudo defender a los suyos, que perdió sus tierras, que vio como sus mujeres eran violadas, sus hijos asesinados, sus poblados arrasados, un hombre aislado en su dolor.

Sentimos al cacique, reconocemos su valentía, su lucha, le decimos que ha llegado la hora de perdonar, que con el pagamento (ofrenda) que estamos haciendo a la Madre Tierra Gaia, pedimos que se restablezca el patrón original de armonía y paz  que existía antes de la conquista. Internamente lo vemos sonreír,  el cacique se suaviza, la sanación se ha dado.

El segundo día del taller cerramos con una rueda medicinal reconociendo y agradeciendo su existencia, les pedimos que de ahora en adelante liberen este territorio de su impronta, para que la pareja divina se armonice.

Reflexionamos sobre estos dos arquetipos, que parecen fractales de un patrón mayor que se podría generalizar en toda Venezuela, nos alegramos de ese descubrimiento, de poder hacer la sanación, son los nuevos  ingredientes de nuestra energía femenina y masculina.

Caminando si prisa después de estos días y con el paisaje del llano en la vista interior regrese a Caracas

Abjini

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